-Y me encuentro de nuevo ahí, entre el abismo y tu racionalidad. Como un pez atrapado en una red, un cazador vuelto presa. Como un pequeño roedor que es atraído por el olor del queso hacía su muerte.
¡Qué más da! me encanta ir y venir entre tus pensamientos, para luego crear un sentimiento único y bizarro. ¿Será que te has convertido en mi más grande obsesión? El mundo se derrumba en torno nuestro, pero no importa realmente porque el tiempo se ha detenido una vez más.
Nuevamente asombrado por tu sencillez y muy confundido por tu complejidad. Entras y sales de mi vida, así lo he querido, a fin de cuentas eres un espíritu libre.. si eso eres.
No más reglas, no más peros, no más quejas y no más reclamos. Me he convertido en un espectador de tus movimientos, memorizo incluso hasta el más leve de ellos. Tratando de comprender lo incomprensible y de aceptar lo inaceptable.
Así somos y algún día el tiempo me ha de cambiar, por lo pronto te adoraré en silencio y mis deseos serán mi propia prisión. -
Su soliloquio se vio interrumpido de tajo por el denso silencio que inundaba el cuarto de baño. Tenía tantas cosas que expresar, tanto amor y odio para repartir. El vapor se condensaba lentamente en las paredes y junto con la llave de la regadera llena de sarro, formaban un cuadro conmovedor. A pesar del mugriento estado del baño, todo estaba en orden. Cada artículo de aseo personal, contaba con su etiqueta y lugar específico. Esto constituía una de sus tantas manías y una de las tantas razones por las que ella se había ido.
Con lentitud tomó la navaja de afeitar. La misma que había encontrado encantadora detrás de aquella vitrina, hacía tres días. No pudo resistir las ganas de comprarla. No se afeitaba desde el verano pasado, pero de algo debía servir la brillante y hermosa navaja. El reflejo de su rostro sobre la misma, lo hipnotizaba extrañamente.
Después de contemplarla un rato, suspiró profundamente y deslizó la hoja a través de la piel de su cuello. A pesar de haber durado unos cuantos segundos, pudo sentir el frío del metal inoxidable cortando capa a capa hasta tocar la carótida. Luego un río de sangre corrió por entre sus manos, ¡al fin lo había logrado! Se sintió desvanecer y cayó al suelo con gran estrépito. Su existencia estaba libre de miedo, su existencia había terminado. Tan indefenso como el día en que la conoció.
Depurando mi alma...
No se si este en lo correcto, pero pude sentir, dos historias enlazadas por un mismo sentimiento, o tal vez esté equivocada, en fin, me encanto la pequeña historia del final, es grandiosa la descripción, y el momento final, ni se diga, wow! Genial!
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