La calle está muy oscura. Me he perdido en mi intento por escapar de la rutina. Vagos y perros se entremezclan, no los puedo distinguir. Aunada a mi mala fortuna, en mi escritorio me esperan algunos kilos de asuntos pendientes sin resolver. Camino a tientas tratando de no tropezar con otro ser y evitando en todo lo posible los charcos de agua. La suciedad que emana del lugar se puede percibir a la mínima inhalación. ¡Dios mío! ¿Cómo llegué a este lugar? No soy creyente, tú lo sabes.
Bloqueo mi mente en lo posible, al menos hasta encontrar un lugar seguro. ¡Sí!, aquí viene a mi memoria el primer día que te vi. Después de tres semanas de lluvia y de un clima maravillosamente frio, apareció el sol. Con ello mi mal humor, pero entre todo aquel esplendor y primaveral aroma que tanto me perturbaba, estabas tu. Mi sangre se heló y el pulso se detuvo por segundos. Luego una onda cálida, extraña y muy potente se apoderó de mí. Mis piernas insistían en seguirte, mi manos en estrechar las tuyas, mis labios en propiciar el encuentro, pero mi mente temblaba de miedo. Me paralicé. Luego añoré haber tenido el valor para hablarte, era un cobarde hecho y muy torcido. Ni mis años de arduo estudio sirvieron, y no es que esperara que lo hicieran, tampoco creo en el sistema educativo. Días enteros me lo repetí, maldije y renegué, pero la vida siguió su curso natural.
Semanas después, cuando creí que todo había sido un sueño, nos topamos frente a frente. Siempre he sido descuidado y en mi apresudado paso con la vista clavada en el suelo, te atropellé. Apenado te ayudé a levantar un montón de canicas de colores, que traías contigo. Se habían dispersado por toda la acera en un caótico orden. No levanté la mirada. La última canica se asomaba entre un hoyuelo del concreto y al tomarla descubrí lo que tenía frente a mí. Unos ojos capaces de adentrarse en lo más recóndito de mi ser. ¿Cómo era eso posible? todavía no lo comprendo. Tu sonreíste, yo me sonrojé. Hubo una tremanda conexión extrasensorial y una atracción más fuerte que el campo magnético de la tierra. Y todo para mi sorpresa. En menos de un tercio de segundo me había enamorado. Y no fue ese momento, con las canicas rodando y tu sentido de la orientación extraviado por el golpe. Fue desde el primer instante que sentí tu aura rondándome y las caricias de tu alma atarme a una prisión. En el espacio en que las horas, los minutos y los segundos se detienen perdiendo su sentido.
La mejor parte de la historia, es que mientras me disculpaba una y otra vez, nunca dejaste de sonreírme con tus hermosos ojos. Me di cuenta que también te habías enamorado. El clima pasó a segundo término una vez más. Y era como si el semáforo con su luz verde intermitente, los automóviles acelerándose para alcanzar a cruzar, la señora del puesto de revistas que bostezaba y la fila de hormigas que bordeaba la pared del edificio, hubieran dejado de existir. En la cotidianidad de la escena, sólo nuestras respiraciones exaltadas por el momento, se escuchaban.
Al final del callejón una luz, algunos pasos más y estaré ahí. Entre el calor y la pestilencia me están sacando de mis casillas, ya casi llego. Un hotel barato. No es seguro, pero no tengo otra opción. La oscuridad nos abraza con tal brutalidad, que no es posible caminar con libertad por las calles. Una mujer que no pasa de veinte años es la recepcionista. Su aspecto descuidado, dientes chuecos, amarillentos por la falta de aseo y la pared llena de moho arman el cuadro. El lugar apesta a humo de cigarro y alcohol adulterado. No tengo otra opción. Me han dado el cuarto doscientos treinta y nueve. Subo las escaleras, que entre crujidos me gritan su edad y la cantidad de personas que han pasado sobre ellas. Una puerta de lo más simple y con el número tres al punto del suicidio me anuncian que he llegado a mis aposentos. Cierro la puerta, no me molesto en prender la luz y mucho menos en desnudarme. Me recuesto y cierro los ojos deseando estar en otro lugar. La misma oscuridad que reina la noche invade mis sentidos. Te extraño
Novecientos sesenta horas menos...
Te amo
Depurando mi alma...
mi favorito sin duda alguna. me gusta ese aspecto romántico diferente. te leo,
ResponderEliminarjavier