9 de la mañana
Un dolor abdominal muy intenso me despertó a las 3 de la mañana. No he recuperado la onda de sueño desde esa hora. Tirado en la cama del raquítico departamento donde vivo, trato de pasar el rato. Parece como si me fueran a reventar las entrañas, derramando su pútrido contenido sobre los demás órganos. Tengo fiebre y sudoraciones profusas, lo sé porque la sábana está mojada. La cabeza me da vueltas y palpita con gran estruendo. Puedo oír los ruidos de la calle, nada se ha detenido. Siento que me voy…
10 de la noche
Acabo de despertar entre un gran alarido, ya no estoy en mi departamento, ni en mi cama. El dolor ha cedido, pero sigue presente; me encuentro somnoliento y muy confundido. Las paredes son blancas, no puedo percibir gran detalle, mi vista se nubla de cuando en cuando. Del cuarto contiguo sale una enfermera; revisa mis ojos, checa mi pulso y coloca un termómetro en mi boca. –La fiebre ha bajado, ha tenido usted suerte de que lo trajeran a tiempo. Trate de descansar.- Aún más desconcertado, me pregunto que sucedió.
Busco en mi memoria, pero sólo aparecen escenas de un sueño. Estabas tú, pero no como en las demás ocasiones. Éste fue diferente. Me encontraba justo frente a ti, sin embargo era como si no pudieras verme y cuando te hablé no respondiste. Por un momento creí que estabas privada de todos tus sentidos, que tal vez habías sufrido un accidente horripilante. Pero no fue así. Mayor fue mi perplejidad al ver a un tipo alto, musculoso y sereno acercarse a nosotros. Era Julio. Sus manos se prendieron a tu cintura y te ahogó en un húmedo beso. Yo contemplaba la escena estupefacto, luego todo se tornó negro y desperté.
Sin duda alguna la demencia de aquellos meses sigue en mí. Acrecentándose día a día con la preocupación de la distancia. ¿Qué pasaría si él aparece de nuevo? Ya no estaré para protegerte y ser tu hombro en los momentos difíciles. Siempre te lo dije, antes de que aprendiera a amarte con tanta fuerza, primero me convertí en tu amigo. Lo irónico es que por más que lo intenté, nunca pude volver a serlo. Sincerándome, tampoco lo fui cuando más me necesitaste. En ese tiempo no era más que un amante abandonado y sobre todo, celoso de la situación naciente. Fingía hasta mi forma de respirar cada vez que llamabas, pareciendo distante, pero al mismo tiempo mostrando la preocupación hipócrita de un amigo casual. Lo sé, parecía muy natural; tengo dotes histriónicos.
-Buenas noches señor, le hemos tenido que someter a un procedimiento quirúrgico de urgencia. La señora que le ayuda en su departamento lo trajo, literalmente le salvó la vida. Tenía una apendicitis muy severa; si hubiera demorado más, probablemente no le estaría contando esto.- El medico muy bien parecido y con su bata extremadamente pulcra no deja de sonreír. A mi mente sólo viene una imagen. Tu sonrisa.
-¿Tiene usted alguna pregunta?- A lo que respondo moviendo la cabeza denotando negación.
Por fin se retira. El desgraciado piensa que me ha hecho un favor. Y ahora resulta que tengo una deuda de vida con la gorda señora que limpia mis porquerías. Vaya que existe cada ser humano. Por momentos desearía ser el único. Después apareces tú y la idea se esfuma. A tu lado soy una mejor persona, claro de acuerdo a los estándares sociales a los que nos amarramos.
Estoy débil, cansado y antisocial. Mil cuatrocientos cuarenta horas menos
Te amo.
Depurando mi alma…
Un dolor abdominal muy intenso me despertó a las 3 de la mañana. No he recuperado la onda de sueño desde esa hora. Tirado en la cama del raquítico departamento donde vivo, trato de pasar el rato. Parece como si me fueran a reventar las entrañas, derramando su pútrido contenido sobre los demás órganos. Tengo fiebre y sudoraciones profusas, lo sé porque la sábana está mojada. La cabeza me da vueltas y palpita con gran estruendo. Puedo oír los ruidos de la calle, nada se ha detenido. Siento que me voy…
10 de la noche
Acabo de despertar entre un gran alarido, ya no estoy en mi departamento, ni en mi cama. El dolor ha cedido, pero sigue presente; me encuentro somnoliento y muy confundido. Las paredes son blancas, no puedo percibir gran detalle, mi vista se nubla de cuando en cuando. Del cuarto contiguo sale una enfermera; revisa mis ojos, checa mi pulso y coloca un termómetro en mi boca. –La fiebre ha bajado, ha tenido usted suerte de que lo trajeran a tiempo. Trate de descansar.- Aún más desconcertado, me pregunto que sucedió.
Busco en mi memoria, pero sólo aparecen escenas de un sueño. Estabas tú, pero no como en las demás ocasiones. Éste fue diferente. Me encontraba justo frente a ti, sin embargo era como si no pudieras verme y cuando te hablé no respondiste. Por un momento creí que estabas privada de todos tus sentidos, que tal vez habías sufrido un accidente horripilante. Pero no fue así. Mayor fue mi perplejidad al ver a un tipo alto, musculoso y sereno acercarse a nosotros. Era Julio. Sus manos se prendieron a tu cintura y te ahogó en un húmedo beso. Yo contemplaba la escena estupefacto, luego todo se tornó negro y desperté.
Sin duda alguna la demencia de aquellos meses sigue en mí. Acrecentándose día a día con la preocupación de la distancia. ¿Qué pasaría si él aparece de nuevo? Ya no estaré para protegerte y ser tu hombro en los momentos difíciles. Siempre te lo dije, antes de que aprendiera a amarte con tanta fuerza, primero me convertí en tu amigo. Lo irónico es que por más que lo intenté, nunca pude volver a serlo. Sincerándome, tampoco lo fui cuando más me necesitaste. En ese tiempo no era más que un amante abandonado y sobre todo, celoso de la situación naciente. Fingía hasta mi forma de respirar cada vez que llamabas, pareciendo distante, pero al mismo tiempo mostrando la preocupación hipócrita de un amigo casual. Lo sé, parecía muy natural; tengo dotes histriónicos.
-Buenas noches señor, le hemos tenido que someter a un procedimiento quirúrgico de urgencia. La señora que le ayuda en su departamento lo trajo, literalmente le salvó la vida. Tenía una apendicitis muy severa; si hubiera demorado más, probablemente no le estaría contando esto.- El medico muy bien parecido y con su bata extremadamente pulcra no deja de sonreír. A mi mente sólo viene una imagen. Tu sonrisa.
-¿Tiene usted alguna pregunta?- A lo que respondo moviendo la cabeza denotando negación.
Por fin se retira. El desgraciado piensa que me ha hecho un favor. Y ahora resulta que tengo una deuda de vida con la gorda señora que limpia mis porquerías. Vaya que existe cada ser humano. Por momentos desearía ser el único. Después apareces tú y la idea se esfuma. A tu lado soy una mejor persona, claro de acuerdo a los estándares sociales a los que nos amarramos.
Estoy débil, cansado y antisocial. Mil cuatrocientos cuarenta horas menos
Te amo.
Depurando mi alma…
No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan.
ResponderEliminar-Jean Paul Sartre
(:
Un saludo y una duda... ¿lleva un seguimiento?
ResponderEliminarEn fin, me ha gustado, pero no comprendí muy bien lo de las horas, soy muy torpe con la temporalidad... Pero todo lo demás ne ha agradado mucho.