lunes, 22 de marzo de 2010

Esperanza

El camino está abierto, lleno de sombras hermosas provocadas por los árboles de la orilla. Una calma estelar invade mis pupilas; la duda permanece, pero ya no estás. ¿Soy reflejo de tu vanidad? sólo me queda desvanecerme ante la inherente realidad en la que respiro. Una mano se extiende entre las ramas, me pide subir, me pide trepar ese árbol tan diferente del resto. Titubeo. Miro atrás, estoy sola. El único signo de otro ser pensante: cinco dedos, perfectamente bien delimitados por las huellas de un alma vieja. No tengo que perder. Me sujeto fuerte y en menos de cinco segundos estoy en una rama flexible pero segura. Lo siguiente: verde y un beso.

El adiós ha tomado cabida. Ya no hay nada más.


Depurando mi alma...

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